¿Se produjo o no el Diluvio Universal?
Recreación del Diluvio Universal en la Capilla Sixtina, obra de Miguel Ángel.
Presente en la mayoría de las civilizaciones de la historia,
buena parte de la comunidad científica defiende que una gran inundación pudo
producirse en la Antigüedad.
Hace algún tiempo, un grupo de investigadores anunciaba con
bombos y platillos un descubrimiento: Nada más y nada menos que el encuentro
del Arca de Noé, según ellos, estaría bajo el hielo del Monte Ararat, en
Turquía, y que consistiría en una nave de cerca de 7,5 metros de ancho y 37,5
metros de longitud. Ese anuncio, cierto o no, volvía a poner de relieve una
incógnita que lleva vigente desde hace miles de años: ¿Existió realmente el
Diluvio Universal? Por extraño que parezca, en esta ocasión la religión y la ciencia
llegaban a alcanzar un mínimo punto de encuentro.
«Porque pasados aun siete días, yo haré llover sobre la
tierra cuarenta días y cuarenta noches; y raeré de sobre la faz de la tierra a
todo ser viviente que hice», anunció Dios, molesto con los hombres por su
maldad, a Noé, según asegura el Génesis en su capítulo 7. «Fue el diluvio
cuarenta días sobre la Tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó
sobre la Tierra. Y subieron las aguas y crecieron en gran manera sobre la
tierra (...) y todos los montes altos que había debajo de todos los cielos,
fueron cubiertos. Quince codos más alto subieron las aguas, después que fueron
cubiertos los montes», continúa el primer libro de la Biblia. Pero el mito del
Diluvio Universal, originario de la civilización Sumeria, ha sido común a casi
todas las creencias de la historia. Egipcios, judíos, musulmanes, hindúes,
mayas...
El gran diluvio universal ocurrió según el famoso arqueólogo Robert Ballard.
La comunidad científica jamás ha dado por verídica la hazaña
de Noé, ni tampoco que se produjera una lluvia de semejantes proporciones, aunque
una amplia parte de ella sí considera probable una gran inundación en la
Antigüedad que diera lugar a la leyenda. Según la NASA, esta pudo tener su
origen en un meteorito. Este habría hecho explosión sobre la capa de hielo que
cubría Norteamérica, derritiéndola y causando una serie de tsunamis que
hubieran afectado a determinadas partes del globo.
En el Mar Negro
La teoría más compartida ha sido formulada por los geólogos
marinos William Ryan y Walter Pitman, que sostienen en su libro «El diluvio de
Noé» que el fenómeno se habría producido hace 7.500 años en lo que hoy
conocemos como Mar Negro, en aquel tiempo un lago de agua dulce de mucho menor
tamaño y habitado en sus orillas. De algún modo, el Mediterráneo se habría
abierto paso a través del Estrecho del Bósforo, haciendo crecer el caudal del
Mar Negro a un ritmo de entre 15 y 30 centímetros por día.
Basan su teoría en el hallazgo tanto de fósiles de moluscos
de agua dulce como salada contemporáneos en un mismo espacio, algo imposible de
explicar. «La temible inundación se convirtió en una historia fundamental para
advertir y aterrorizar a las generaciones jóvenes, en un acontecimiento tan
profundamente traumático que su recuerdo duró por más de mil años, transmitido
por la tradición oral, antes de que fuera inscrito en cerámica», afirman Ryan y
Pitman.
Otras hipótesis señalan como causa probable una intensa
actividad sísmica en la zona del Mediterráneo, que hubiese originado igualmente
una serie de tsunamis que golpearon la costa con violencia. En cualquier caso,
la ciencia, a diferencia de la religión, circunscribe el diluvio a determinadas
zonas concretas. Nunca le da el carácter de «universal».
La posibilidad de que ocurra un fenómeno semejante al que
defiende la ciencia no es tan lejana como parece, con la salvedad de que esta
vez sí sería general y afectaría a miles de millones de personas. La causa no
es otra que el calentamiento global y la fusión de los casquetes polares. La
crecida de los océanos podría sumergir en las profundidades marinas a cientos
de ciudades en todo el mundo, transformando la civilización tal y como la
conocemos.
«Y murió toda carne que se mueve sobre la Tierra, así de
aves como de ganado y de bestias, y de todo reptil que se arrastra sobre la
tierra, y todo hombre. Todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus
narices, todo lo que había en la Tierra, murió», concluye el Génesis.
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