William Henry Ireland: El falsificador que escribió dos obras de Shakespeare a finales del siglo XVIII.
Página final del falso manuscrito de Vortigern y Rowena con la imitación de la firma de Shakespeare. Imagen Trinity college Library.
Al margen de la polémica
fecha de su fallecimiento, presuntamente el mismo día pero en diferentes
calendarios, hay unos cuantos paralelismos entre Cervantes y Shakespeare: están
considerados como la pareja de escritores más importantes de la literatura;
vivieron en la misma época; no sabemos qué aspecto tenían (los retratos son
posteriores y muy dudosos); en algunas obras trataron los mismos temas y, si
bien Shakespeare tuvo tres hijos (Cervantes ninguno), éstos murieron pronto por
lo que no hay descendencia actual ni del inglés ni del español.
Pero aún se podría apuntar
otra similitud y es que sus personalidades fueron usurpadas en sendos casos: el
español con la publicación del Quijote de Alonso Fernández de Avellaneda; el
otro, dos siglos más tarde, por un descarado falsificador llamado William Henry
Ireland.
William Henry Ireland en 1798. Imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
El bueno de William Henry
nació en Londres entre 1775 y 1777, y parecía estar destinado al oficio de las
letras porque su padre era editor y grabador. De hecho, Samuel Ireland, nombre
del progenitor, era también un coleccionista de antigüedades raras (entre ellas
un jubón de cuero de Cromwell y un trozo de la capa del rey Carlos II) pero
tenía un espacio especial reservado para lo relacionado con Shakespeare.
Así que su hijo creció
rodeado de sus obras, empapándose de su lectura y aprendiendo a amar al creador
de personajes ya inmortales de alcance mundial como Hamlet, MacBeth, Otelo, Falstaff,
Ofelia, Shylock, Romeo, Julieta, Próspero, etc.
William Shakespeare. Imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
En realidad no sólo del
genial dramaturgo; William Henry heredó el gusto paterno por el coleccionismo
bibliográfico y, según reseño él mismo años después, empezó a desarrollar un
interés especial por los versos de los poetas pre-románticos James MacPherson
(más conocido por su pseudónimo Ossián) y Thomas Chatterton, que habían
alcanzado cierta fama, no sólo por su genio literario sino también, y sobre
todo, por su capacidad para falsificar obras.
Chatterton, que era
admirador del otro, se hizo famoso precisamente por encontrar una égloga del
siglo XV titulada Eleonure y Juga, escrita por un monje medieval llamado Thomas
Rowley. Después siguieron otros hallazgos que, por supuesto, eran creación suya
y con los que intentó engañar al prestigioso Horace Walpole, primo del
almirante Nelson, parlamentario y autor de la celebrada novela El castillo de
Otranto, a quien ya había tomado el pelo MacPherson y por eso esta vez no picó,
acusando públicamente a Chatterton. Éste, humillado públicamente, se suicidó
ingiriendo veneno.
El suicidio de Thomas Chatterton (Henry Wallis). Imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
Paradójicamente, las obras
auténticas de Chatterton se consideran mejores que las falsificadas pero parece
que en el joven Ireland pesó más la parte impostora. Otras influencias fueron
Herbert Croft, cuya novela Love and madness (Amor y locura) incluía aspectos de
la vida de los dos falsificadores citados pero fundamentalmente de Chatterton,
del que había obtenido la información robándole cartas a la hermana del poeta.
Love and madness era una de las lecturas preferidas de Ireland y, con todo eso
alrededor, da la impresión de que fue enfebreciendo tal cual le pasó a Alonso
Quijano con los libros de caballerías.
Para rematar la cosa, como
veremos, Ireland entró a trabajar como aprendiz de un abogado especializado en
gestionar hipotecas. Un día de diciembre de 1794 llegó a casa al acabar la
jornada laboral y le mostró a su padre un fajo de documentos antiguos que,
dijo, había encontrado en casa de un amigo que deseaba permanecer en el
anonimato. Al veterano editor debió darle un vuelco al corazón cuando descubrió
que uno de ellos estaba rubricado nada menos que por William Shakespeare. Y es
que Samuel llevaba toda su vida buscando algo así; el legendario dramaturgo
había publicado treinta y siete obras, casi todas de un enorme éxito, pero
inauditamente no se conservaba nada de su puño y letra, ni una carta, ni una
solicitud, nada. Por tanto, encontrar algo de ese tipo era una auténtica bomba.
Samuel Ireland (James Gillray). Imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
Se trataba de una carta en
la que Shakespeare agradecía al conde de Southampton su mecenazgo, pero es que,
revisando los demás legajos, fueron apareciendo nuevas joyas suyas: un pagaré,
una escritura hipotecaria, contratos, una declaración de su fe protestante,
varias epístolas dedicadas a su esposa Anne Hathaway -una de las cuales incluía
versos y un mechón de cabellos- e incluso otra dirigida a la reina Isabel y
rubricada por ésta. La guinda del pastel eran unos borradores manuscritos de
Hamlet y El rey Lear con anotaciones en los márgenes y, atención, un par de
obras completamente inéditas: Vortigern y Rowena y Enrique II.
Aquel conjunto era una
maravilla que fue autentificada por varios ilustres expertos (escritores,
anticuarios, profesores…), permitiendo así que en 1796 Samuel Ireland publicase
un libro recopilatorio, con facsímiles de todo lo hallado por su hijo, bajo el
título Miscellaneous Papers and Legal Instruments under the Hand and Seal of William
Shakespeare. Para entonces habían empezado a surgir algunas dudas sobre la
autenticidad de los papeles, ya que algunas fechas reseñadas no coincidían y
los dos mayores expertos shakesperianos del momento, Edmond Malone y George
Steevens, no fueron invitados a analizarlos. Pero se imponía el entusiasmo
general, que llevó a que el mismísimo Príncipe de Gales solicitara
contemplarlos.
Otra firma falsificada de Shakespeare. Imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
Es más, los principales
empresarios teatrales de Inglaterra, como Richard Brinsley Sheridan (Drury Lane
Theatre) y Thomas Harris (Covent Garden), se ofrecieron a montar una
representación de Vortigern y Rowena; se llevó el gato al agua el primero, con
el famoso actor John Philip Kemble de protagonista. El temor de Sheridan a que
apareciese un descendiente de Shakespeare reclamando derechos fue despejado por
el joven Ireland asegurando que un antepasado suyo había salvado de un
ahogamiento al dramaturgo y éste le había recompensado con esos manuscritos.
Parece increíble pero dio resultado.
Y es que, en realidad,
todo aquello no era más que un montaje perpetrado por él. Cuando trabajaba en
el despacho jurídico tuvo acceso a documentos de época isabelina y empezó a
imitar la letra, usando una tinta especial que además calentaba con una vela
para evaporarla parcialmente y envejecerla. Asimismo, fabricaba otros con
trozos de pergamino tomados de antiguos legajos y recortaba sellos que luego
les pegaba, al parecer con resultados convincentes. Claro que la crema de la
crema eran las obras inéditas, en realidad escritas por él. A posteriori, tanto
Sheridan como Kemble admitieron haber dudado pero siguieron adelante.
Manuscrito de El rey Lear. Imagen de Contested Will: who wrote Shakespeare?
La publicación del libro
fue el principio del fin y quizá entonces Samuel entendió por qué su hijo se
empeñaba en no hacerlo. Ahora todos podían leer las obras y analizarlas con
detalle y por ello, a pesar de las verificaciones realizadas, la polémica no
tardó en saltar a la prensa y a la opinión pública. Albany Wallis, un experto
que casualmente era vecino de los Ireland, encontró documentos firmados por
John Heminges (actor de la compañía de Shakespeare) de forma muy diferente a la
de los papeles en cuestión.
Ireland adujo que habría
dos personas con el mismo nombre pero poco después, en marzo de 1796, una
autoridad en el tema como Malone, que por fin había podido leer los textos,
hizo un denso estudio en que los descalificaba: ni el lenguaje ni la ortografía
ni prácticamente nada se parecían a lo que pretendían y además había fallos
históricos graves, como referencias al Globe Theatre antes de que fuera
construido. Esto fue un serio revés porque el estreno de Vortigern y Rowena era
dos días después y predispuso a todos en su contra.
Edmond Malone (James Orior). Imagen de dominio público en Wikimedia Commons.
Con ese estado de cosas y
pese al lleno absoluto, la función fue un desastre. Los abucheos -incitados por
partidarios de Malone- fueron in crescendo y el atribulado protagonista cerró
su interpretación con la frase “y cuando esta solemne burla haya terminado….”.
No hubo más representaciones hasta 2008. Los Ireland quedaron desacreditados y
William Henry confesó el fraude a sus hermanas y a Albany Wallis, mientras
Samuel se negaba obstinadamente a creerle; en 1799 editó él mismo Vortigern y
Rowena y hasta sacó un libro rebatiendo a Malone. Temiendo que le acusaran por
su culpa, William hizo una confesión oficial -que llegó a publicar en 1805-
eximiéndole y asumiendo totalmente la responsabilidad de las falsificaciones.
No le creyeron porque el
empecinado Samuel dijo que William Henry carecía de habilidad suficiente para
hacer aquello, así que ambos quedaron como cómplices que estaban teatralizando
un desacuerdo. Después, expertos del British Museum (que compró los documentos
en 1876) llegarían a la conclusión de que, en efecto, todo había sido cosa del
hijo y el padre fue una víctima más. Pero eso fue muchos años más tarde; Samuel
había fallecido en 1800 en la ignominia.
Documento con la firma falsa de la reina Isabel I. Imagen Trinity College Library.
Mientras, William vivió
escribiendo sin éxito y pasando apuros económicos hasta que en 1814 se trasladó
a Francia y entró a trabajar en la Biblioteca Nacional. En 1823 regresó a
Londres y financió su propia edición de Vortigern y Rowena (esta vez con su
firma), que pasó sin pena ni gloria, sobreviviendo a base de historias
ilustradas que alcanzaron cierta popularidad. También escribió varias novelas
góticas y poemas que hoy despiertan interés en estudiosos pero entonces pasaron
desapercibidas, hasta el punto de que su autor ingresó un tiempo en prisión a
causa de las deudas. Murió en 1835 dejando a su esposa e hijas prácticamente en
la indigencia.
Fuentes: Reforging
Shakespeare. The story of a theatrical scandal (Jeffrey Kahan)/Contested Will:
who wrote Shakespeare? (James Shapiro)/Fake? The art of deception (Mark Jones,
Paul T. Craddock y Nicolas Barker, eds)/Telling tales. A history of literary
hoaxes (Melissa Katsoulis)/Wikipedia. Jorge Álvarez, LBV. Revisión y Diseño:
elcofresito.









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