EL ARQUITECTO ESPAÑOL QUE HUYÓ DE SU PAÍS Y CONSTRUYÓ MEDIA CIUDAD DE NUEVA YORK
El constructor español Rafael Guastavino, es responsable de la construcción de mil edificios históricos en los Estados Unidos, algunos tan importantes como la Grand Central Terminal, de los cuales hoy todavía siguen en pie unos 600. En ese país alcanzó la fama a finales del siglo XIX y fue admirado después por personalidades de la talla de Jacqueline Kennedy, sin que en España supieran de su existencia hasta el año 2016.
«El
arquitecto de Nueva York». Así le apodó «The New York Times» en su
fallecimiento el 2 de febrero de 1908, cuando contaba con tan solo 66 años.
Quién sabe de qué hubiera sido capaz este incansable trabajador valenciano si
hubiera vivido veinte años más, tras alcanzar la fama en Estados Unidos, sin
que en España se le hiciera el más mínimo caso hasta más de un siglo después.
Estación de City Hall - ABC
En
concreto, hasta que en el año 2016 un documental dirigido por Eva Vizcarra, y
que ganó el Delfín de Oro en Cannes, recuperara la figura de Rafael Guastavino. Prueba de ello es que, desde su
nacimiento en Valencia el 1 de marzo de 1842 hasta su llegada a Nueva York en
1881, en la prensa española apenas encontramos seis pequeñas menciones del
ilustre y desconocido protagonista de esta película.
Que
si «Guastavino ha recibido el encargo de arreglar el local de la Exposición
Marítima de Barcelona» («Gaceta de los Caminos de Hierro»), que si «los
elegantes proyectos arquitectónicos de Rafael Guastavino son justamente
elogiados» («Almanaque de El Museo de la industria») ... y poco más. Mientras
que desde el 2016, no parece haber término medio en lo que a su reconocimiento
se refiere. O se le ignora por completo o se le atribuyen en exclusiva obras en
las que participó más como constructor que como arquitecto.
360
edificios en Nueva York
Lo
que parece ignorar casi todo el mundo actualmente, es que Guastavino es el
responsable de 360 edificios en Nueva York, más de un centenar en Boston y
otros tantos en Baltimore, Washington y Filadelfia, además de algunas ciudades
de Canadá y Cuba. Todo ello desde que empezó a trabajar como arquitecto en su
ciudad natal en 1866, tras aprender el oficio en la escuela de Maestros de
Obras de Barcelona.
The Nebraska State Capitol Building
Llegó
a la Gran Manzana a comienzos de 1881 junto a su hijo de nueve años, con 40.000
dólares en la maleta y sin saber una palabra de inglés. Le acompañaban su ama
de llaves y las dos niñas de ésta. Se cree que huyó de España y se refugió en
Estados Unidos por una serie de problemas personales. En concreto, sus
continuas infidelidades y el hecho de que, a raíz de estas, su mujer le
abandonara y se marchara a Argentina con sus otros dos hijos. Aquello hizo
crecer su descrédito social en Barcelona, donde ya era un arquitecto respetado
y consolidado por las sensacionales obras de la fábrica textil Batlló y el
Teatro La Massa, en Vilassar de Dalt.
El
arquitecto valenciano pensó entonces que su carrera se vería afectada por
aquellos escándalos y decidió marcharse a la Gran Manzana. Tal fue su
convencimiento que jamás volvería a pisar suelo español, encarnando como pocos
el sueño americano. Algo que él mismo buscó desde el inicio de su carrera,
había participando en todo tipo de exposiciones nacionales e internacionales.
De hecho, ya había estado en Estados Unidos en 1876 para participar con gran
éxito en la Exposición del Centenario de Filadelfia.
Al
otro lado del Atlántico vendió las bondades de la bóveda tabicada española, un
sistema de construcción muy popular en el que se utilizan capas de ladrillos
finos para construir estructuras muy ligeras, pero de gran resistencia. Esa fue
su tarjeta de entrada cuando llegó a Nueva York en un momento crítico en la
historia de la arquitectura, después de los incendios gigantescos sufridos en
Chicago y Boston en 1871 y 1872.
Teatro Vilassar
Aquella
tragedia produjo 300 muertos, arrasó 76 edificios y 26 hectáreas del centro de
ambas ciudades y dejó a más de 10.000 personas sin hogar. Tal fue la tragedia
que pronto se puso en tela de juicio la seguridad de las estructuras de madera
con las que se construían la mayoría de los edificios. Así que él trajo la
solución: una versión mejorada de las bóvedas tabicadas que había presentado en
Filadelfia, con piezas de cerámica planas que se empleaban desde tiempos
antiguos en la arquitectura del Mediterráneo, pero más baratas, rápidas de
construir, sólidas y, sobre todo, ignífugas. Con esta última característica se
dice que salvó la vida a miles de estadounidenses.
La
intención de Guastavino al llegar a Estados Unidos fue la de hacerse un hueco
como arquitecto y lograr el mismo prestigio que tenía en la Comunidad
Valenciana y Barcelona. Consiguió firmar algunos proyectos, pero la suerte no
le sonrió mucho en este sentido. La verdadera oportunidad no le llegó hasta un
tiempo después, cuando fue contratado por el estudio de arquitectura más
importante de la época (McKim, Mead & White), a los que se ofreció para
construir gratis la bóveda de la Biblioteca Pública de Boston con su técnica,
la primera pública y municipal de América del Norte.
Biblioteca Pública de Boston
La
demostración pública
Fue
una hábil estrategia del arquitecto valenciano, puesto que sabía que aquello le
daría la fama que necesitaba para que le surgieran más trabajos como aquel.
Como revela el documental dirigido por Eva Vizcarra, «El arquitecto de Nueva York»
(2016) –en referencia al calificativo del «The New York Times»–, Guastavino
construyó aquella bóveda en un lugar público, llamó a la prensa y le prendió
fuego para demostrar que era resistente a las llamas. Así consiguió captar la
atención de los medios y las constructoras.
Y lo
consiguió, porque los contratos a partir de ese momento fueron cada vez más
numerosos e importantes. Y las aportaciones tanto de Rafael Guastavino como de
su hijo, que heredó la empresa (Guastavino Fireproof Construction Company) y
siguió trabajando bajo el mismo nombre hasta 1962, fueron impresionantes. Antes
de que acabara el siglo XIX, montó también una fábrica a las afueras de Boston
para elaborar los ladrillos y azulejos policromados y ya era la responsable de
la espectacular Sala de Registro del edificio de inmigración de la isla de
Ellis (1900), que se construyó para reemplazar el anterior de madera que habían
sufrido un incendio en 1897. Resulta curioso pensar que aquel inmigrante
español fuera el autor de la impresionante bóveda que se constituyó como puerta
de entrada al país de millones de inmigrantes hasta hace no mucho.
Isla Ellis Nueva-York, Sala de Recepción 2
A
estas se sumaron otras muchas proezas, entre las que había bibliotecas,
iglesias, edificios gubernamentales, museos, universidades, auditorios,
estaciones de metro y ferrocarril, puentes, túneles, hoteles y edificios
privados. Al final acabó superando los mil edificios en todo el continente
americano, de los cuales hoy todavía siguen en pie unos 600. Para que se hagan
una idea, en 1910 participaba simultáneamente en la construcción de 100 de
estas construcciones en 12 ciudades diferentes de Estados Unidos.
Grand
Central Terminal
Las
aportaciones de este arquitecto valenciano son tan impresionantes que sorprende
su falta de reconocimiento. Hasta 1972 no es citado en ningún libro de
arquitectura y la primera tesis sobre su obra no se realizó sino hasta el año 2004.
En el 2008 se le dedicó una exposición en el Massachusetts Institute of
Technology (MIT). En 2014, otra en el Museo de la Ciudad de Nueva York, bajo el
nombre de «Palacios para el pueblo: Guastavino y el arte del alicatado».
Ninguna en España, donde por lo menos se rodó el documental de Eva Vizcarra.
La
mayoría de los edificios que construyó están en Boston y, sobre todo, en Nueva
York. Dicen que resulta imposible escapar de la sombra de sus edificios si uno
pasea por la Gran Manzana. El archiconocido Oyster Bar & Restaurant y la
contigua «Galería de los Susurros» de la Grand Central Terminal de Nueva York,
que cada año recorren millones de turistas, son suyas. Esta última, además, era
el rincón preferido del mito del jazz Charles Mingus. También se puede ver su
mano en la Sinagoga Emanu-El y en la catedral de San Juan el Divino, que
contiene muchas bóvedas y escaleras de Guastavino, además de la gran cúpula
central de teja, con sus 33 metros de luz y 50 de altura aún imperturbable a
pesar de las críticas en los periódicos de la época.
Galería de los Susurros de la Grand Central Terminal
Se
pueden destacar, asimismo, su intervención en la Iglesia Episcopal de San
Bartolomé, ubicada en la Quinta Avenida; en el famoso Hospital Monte Sinaí,
aquel que inmortalizó el escritor José Luis Sampedro en «Fronteras»; en la
estación de metro City Hall, de 1904, hoy inactiva pero convertida hoy en un
lugar de peregrinación para amantes de la arquitectura, y en las arcadas
abovedadas bajo el famoso Puente de Queensboro, construido en 1909 y
popularizado por Woody Allen años después en la película «Manhattan». Y no
podemos olvidar la autoría de Guastavino de las bóvedas del mítico Carnegie
Hall y las del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York, o las del
edificio de la Corte Suprema de Estados Unidos, en Washington.
Jacqueline
Kennedy Onassis
El
reciente descubrimiento de los restos en la estación Pensilvania ha hecho
reflotar de nuevo su figura de cara al gran público, aunque sin alcanzar la
notoriedad de otros arquitectos como Santiago Calatrava. Pero lo cierto es que
todo el mundo coincide en que, sin Guastavino, muchos edificios históricos de
Estados Unidos se habrían perdido.
El
dramático derrumbe de esta joya de la arquitectura, construida en 1910, cuya
desaparición los neoyorquinos aún lamentan, permitió salvar la estación Gran
Central. Fue a raíz de una campaña liderada nada menos que por Jacqueline
Kennedy Onassis, la cual acabó ante el Tribunal Supremo. En junio de 1978, la
justicia prohibió su demolición y sentó las bases para las futuras leyes de
protección del patrimonio.
Fuente:
Israel Viana, ABC Historia
Revisión
y Diseño: elcofresito







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