MÁS ALLÁ DE LA FICCIÓN: CUANDO “EL SEÑOR DE LAS MOSCAS” ACONTECIÓ EN LA REALIDAD.
Durante generaciones
millones de jóvenes lectores han quedado impresionados por las enseñanzas de
una novela publicada en 1954. El señor de las moscas, de William Golding, es la
más famosa alegoría de cómo los individuos que se creen civilizados acabarán
descendiendo a los infiernos de la barbarie siempre que no existan unos
mecanismos de control férreos que dominen sus naturales impulsos egoístas. Una
treintena de muchachos británicos acaba por accidente en una isla desierta
creando una reducida sociedad en la que poco a poco los fuertes doblegarán a
los débiles. Tras cruzar la última página, el visitante lo tiene claro: el
hombre es un lobo para el hombre.
Encontrando la isla del señor de las moscas
real
Rutger Bregman es el
famoso asistente al Foro Económico de Davos que el año pasado metió el dedo en
el ojo a la élite económica mundial, una intervención que le granjeó una
momentánea viralidad. También es un ferviente keynesianista económico, así como
historiador con un par de libros sobre el positivo valor de la humanidad y su
prevaleciente poder de cooperación frente a los que creen que triunfa la lucha
y la enemistad.
Esta semana Bregman ha
contado en The Guardian la aventura con la que ha intentado desacreditar a
Golding. No tanto al libro, pues no deja de ser una obra de ficción, sino el
legado cultural que ella ha imprimido en la psique colectiva.
Porque el señor de las
moscas es un experimento que sí ha ocurrido en la vida real, como ha comprobado
Bregman. También antes que él otros han comparado el experimento sociológico
del libro con otros eventos, como la prueba tribal de Muzafer Sherif o el Naufragio
de Batavia, pero las circunstancias de estas escenas no eran lo suficientemente
parecidas como para hacer una comparación directa.
En junio de 1965 seis
estudiantes adolescentes del colegio católico de Nuku‘alofa, la capital y
ciudad más poblada del polinesio Reino de Tonga, decidieron huir del hastío y
embarcarse en una aventura marinera rumbo a Fiji. Su preparación del viaje no
fue la más astuta, y acabaron naufragando y varando en una isla desierta, Ata,
en la que décadas atrás habían vivido unas pequeñas tribus que fueron arrasadas
y vaciadas por los colonos esclavistas. Ata no era el paraíso, había cocos,
frutos exóticos, peces y huevos de gaviota. Y como descubrieron más tarde,
cuando se adentraron en lo alto del atolón, una bandada de gallinas que habían
crecido salvajes desde que se fueran los humanos moradores.
Según contaron los
protagonistas a los periódicos de la época, durante los 14 meses de
supervivencia que tuvieron que pasar antes de ser rescatados… tampoco lo
llevaron tan mal. Tan pronto como pusieron un pie en la isla decidieron no
discutir, cosa que cumplieron salvo contadas excepciones. Rotaban los
diferentes trabajos diarios en turnos de a dos. Crearon cultivos y hasta
fabricaron un pequeño instrumento de cuerda con el que se entretenían por las
noches. Cuando un chico se cayó y se rompió una pierna, los demás se la
entablillaron y le dejaron sanar durante meses.
El paralelismo con el
libro de Golding es tal que ellos también encendieron una hoguera y se juraron
alimentarla durante todo el tiempo para que nunca se apagase y siempre
estuviesen emitiendo señales de humor en forma de socorro. Ahí donde Ralph,
Piggy, Jack y los demás fracasaron a la hora de dominar este elemento, una
metafórica forma de hablar de su fracaso social, a los chicos polinesios no les
costó ni lo más mínimo mantener siempre encendida la llama.
Después de que un
marinero les rescatase por accidente (por haber visto el fuego, claro), los
jóvenes regresaron a su pueblo de menos de mil habitantes. Dado que todas las
familias de los niños habían ya realizado funerales y la comunidad había ya
intentado pasar página de ese doloroso episodio, la alegría en el pueblo fue
máxima. Pero el fenómeno apenas circuló fuera de los países vecinos. Mientras
los chicos de Ata son la viva encarnación de cómo la amistad y la cooperación
pueden superar los más duros obstáculos, aún hoy son muchos más los que acuden
a las páginas de El señor de las moscas para buscar una confirmación moralista
de la supuesta hostilidad implícita en la condición humana.
¿En la condición humana, seguro?
He aquí el otro
conflicto que plantea el descubrimiento de esta semana del historiador
holandés. Desde su publicación se ha leído El señor de las moscas como una
fábula sobre la sociedad como si esta tuviese unas raíces universales e
inmutables, pero con el reciente hallazgo hay aún más motivos para preguntarse
qué estaba contando el autor al seleccionar como protagonistas a una treintena
de jóvenes varones británicos provenientes de un entorno de alto nivel
sociocultural.
Cuando le preguntaban,
por ejemplo, por qué no había metido a personajes femeninos en su novela, la
respuesta del escritor era que para él (y pidiendo perdón ante la avalancha de
críticas que pudiese recibir con ello) si quieres representar la sociedad a
escala debes excluir a las mujeres. “Creo que es absurdo pretender que las
mujeres son iguales al hombre porque siempre han sido superiores”, afirmó el
autor inmediatamente después de haber expresado, tal vez sin querer, la idea de
que para los hombres las mujeres son ese segundo sexo, ese ente ajeno no
perteneciente a la humanidad, tal y como predicaba Simone de Beauvoir, y que
por eso no tiene cabida introducirlas como sujetos de relevancia política.
Tal vez por ser los
tiempos que corren, esa ausencia que ahora clama al cielo va a encontrar su
respuesta pronto, con la adaptación del director Luca Guadagnino a la gran
pantalla de El señor de las moscas con un reparto enteramente femenino.
Hombres, mujeres,
polinesios o británicos, lo cierto es que este clásico de la literatura es,
para bien o para mal, más bien un reflejo de las ansiedades psicosociales del
momento y de su autor. El final de los 50 se topó con una generación angustiada
a la que se forzó a pensar en las atrocidades cometidas o consentidas por sus
mayores apenas unos años antes, desarrollando su sistema de valores en un clima
de desconfianza total entre dos bloques que, además, se amenazaban cada tanto
con una destrucción mutua asegurada. Más allá de esta oscuridad ambiental,
también estaba la del propio escritor, alguien que había declarado poseer esos
mismos instintos supremacistas que los nazis, con tendencias depresivas y una
mano ligera a la hora de educar a sus hijos.
Lo que al menos
demuestra la historia de esta semana es que esa pérdida de la inocencia y
conversión al mal es menos universal de lo que nuestros demonios internos nos
hacen creer.
Fuente: Esther Miguel
Trula, Magnet
Revisión y Diseño:
elcofresito





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